lunes, 31 de marzo de 2014

SOBRE Y DESDE LA TAUROMAQUIA (OTRA VEZ)

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Cada tanto se da en las redes sociales una ya odiosa discusión alrededor de temas como la tauromaquia. Esto generalmente propiciado por aquellas almas sensibleras, moralinas que lloriquean hasta porque se arrastra la mosca moribunda.

En más de una ocasión he entrado al debate y he escrito tanto en los comentarios como en mis espacios líneas alrededor del tema. Ahora, otra vez, me dan pie para abordar el tópico. Más que ser repetitivo, el conjunto habrá de leerse con el tiempo como una aproximación caleidoscópica a una práctica que equivale a la punta de la flecha anclada en el talón de Aquiles del hombre.

Esta vez un amigo y colega escritor muy querido, Joaquín Guerrero Casasola, con quien sustuve en la juventud debates álgidos sin que ello merme nuestro mutuo afecto, expone su parecer al respecto y, de la mano de otros contactos suyos, en resumen argumenta que:

... hay cosas que son demostrables objetivamente, que no son subjetivas. El sufrimiento físico es una de ellas. Ejercer dolor y sufrir. ¿Podemos situar eso en el ámbito de ser tolerantes? ¿Tolerar que se ejerza dolor? Puedo entender que la gente exprese su parecer de una forma dura o apasionada o lo que sea y que eso parezca virluento. Pero eso es la forma, no el fondo. Bien, eso es lo que creo. Ahora bien, es verdad que hay personas que defienden a los animales y para otras causas no mueven un dedo, pero eso no hace inválido lo primero, es decir la defensa de los animales. Si para defender una causa debiéramos ser congruentes y defenderlas todas no habría quien pudiera defender ninguna [...] Por otra parte, entiendo que cambiar de visión para muchas personas y aceptar lo inaceptable de la fiesta brava es imposible, pues es algo profundamente cultural. Uno de mis mejores amigos va cada ocho días a los toros. ¿Voy a dejar de quererlo por eso? No, pero no puedo decir que una verdad demostrable, palpable, deja de serlo. Asimismo, como algunos saben uno de mis escritores predilectos, Hemingway, era fanático de los toros y de la cacería. Leo gustosamente, incluso con deleite relatos que hablan de eso como las nieves del Kilimanjaro. Pero eso no significa que, como lo dije antes, ejercer sufrimiento sea cosilla de nada.
Al ir exponiendo mi parecer, mi pensamiento al respecto, solté la idea (hecho indubitable, verdad palpable, demostrable) de que el dolor es parte de la vida. Sufrir es vivir es padecer. Vivir es morir y aprender a morir es aprender a vivir, tanto en carne propia como ajena, pero ¡tenemos tanto miedo al dolor! A esto él reviró:

El dolor es parte de la vida, pero eso no me da derecho a pegarte cuatro tiros.

Así, siguiendo el diálogo construí la siguiente réplica:
Tendrías tanto derecho como el derecho mismo te asistiere. El derecho (aun el derecho natural como concepto) como la tauromaquia son invenciones humanas; la segunda muy anterior al primero, por cierto. Ese derecho natural del que ya nos hablaba en época muy reciente Rousseau no se contrapone en nada a lo que su contemporáneo Sade mostraba como la mayor hipocresía del hombre. De hecho, es muy curioso que en ambos coexistieran ideas semejantes en cuanto al "derecho" que da la brutalidad del hombre para ejercer actos que la moral sensiblera y sensacionalista considera deleznables, pecaminosos, reprobables, "contra natura". La consigna revolucionaria en que se desarrollaron sus ideas sobre dejar hacer y dejar pasar, aplicadas a la convivencia armónica con la naturaleza no olvidaba la obligación fundamental del hombre de confrontar o infligir el dolor y el placer necesarios para ser eso, humano. Garaudy deja claro, en el más sesudo tratado sobre la libertad que se ha escrito, que los animales no son libres por estar determinados por la necesidad y el hombre, antes que hombre, es animal; es cuando hace conciencia de esto que accede a la posibilidad de ser libre, pero jamás logrará liberarse de la necesidad que fundamenta su derecho natural.

Cuando Xicoténcatl (un contacto de mi amigo) argumenta: "el arte se ubica en el ámbito de la sensibilidad, por lo tanto no pueden coexistir sensibilidad y dolo para causar el dolor en otro ser" parece olvidar, o quizá pesa más en su ánimo la vergüenza ajena, incluso la adoración más extendida al dolor y que encontramos ni más ni menos que en el arte sacro de todas las culturas y muy acentuadamente en el cristianismo (en todas sus formas, de manera especial el catolicismo; y no menciono esto aquí y ahora usando cual pretexto la proximidad de la Semana Santa, que conste). Que se supla la imagen del cordero sacrificial con la del "hijo de Dios" no hace menos excecrable el derramamiento de sangre per se. Pero decir esto sin considerar el trasfondo cultural es simplificar tanto el cristianismo como el derecho y la tauromaquia que aquí nos ocupa. La sensibilidad emocional o intelectual detrás de la manifestación artística del ritual de la misa o de la tienta cumplen con un conjunto de funciones lingüísticas muy específicas cuya finalidad es justamente sensibilizar respecto del objeto o sujeto central del rito.

El hombre honra a quien entrega su vida valerosa y dignamente más que a quien deja de existir en la placidez del camastro. Cada elemento de la fiesta brava tiene su razón de ser, grata o ingrata y va mucho más allá que la sencilla y vana apetencia.

Las culturas orientales conminan a no temer al dolor, mientras las occidentales conminan a soportarlo. Ambas ven en el dolor, más que el final del camino o el último recurso, ven en él la antesala al placer de la liberación, el camino por el cual se arma de valor el guerrero, la senda hacia la trascendencia, la gloria y el nirvana. Freud mismo lo comprendió al explicarnos la importancia existencial entre Eros y Tanathos. El erotismo de la fiesta brava la inviste de un aire conciliatorio mejor que vindicatorio. En la confrontación no están nada más un hombre y una bestia, sino cada cual poniéndose a prueba a sí mismos con sus limitaciones, y no porque el hombre lleve un estoque o una pica es menos vulnerable. La crueldad y la saña que se alega en el matador quizá sea más una proyección simpática de parte del espectador respecto de lo que no querría experimentar en carne propia, siendo ya el toro o el torero mismo. Pero bien haría en preguntarse si no aplica esa misma saña y crueldad de otras maneras no menos reprobables o excusables en su cotidianidad.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Y SIN EMBARGO, SE MUEVE...

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Una amistad en Facebook afirma en su muro: "Los verdaderos amig@s siempre llegan a tiempo y los demás cuando tienen tiempo. !!"

A lo que respondo:

Noooo, pues si con semejantes argumentos se mide a la gente, pues ya me fregué para toda la vida y con toda la gente, al menos contigo, porque yo, que creo ser buen amigo jamás he tenido entre mis virtudes la puntualidad, vaya ¡ni para nacer! (mis padres y hermanas no me dejarán mentir). Eso sí, quien me busca, para bien o mal, siempre me encuentra.

El tiempo es (demostrado científicamente) cosa relativa como muchas otras, pero nos empeñamos en quererlo usar como la medida más determinante de la exactitud. Es, parece, el último bastión que nos queda para aferrarnos a una dignidad de lo que creemos netamente humano. ¡Qué estúpidos somos!

Primero dejamos la tierra plana y llamamos loco al que afirmara su redondez; luego dejamos de ser el centro del universo (sistema solar) y tachamos con el sambenito de hereje o nigromante al que demostrara lo contrario; después nos supimos emparentados con los primates y cínicos nos burlamos de todo lo que implicara el término evolución hasta que estalló la revolución de las clases y puso en tela de juicio la brutalidad humana; enseguida y más recientemente nuestro ego se atomizó por causa nuestras culpas por más que querramos soterrarlas en el subconsciente y aunque optemos por fincarlas en nuestros ancestros; casi a la vez se nos dijo eso, que el tiempo es relativo y de pronto nos dimos cuenta que casi todo en esta vida y la sociedad también lo es, pero los principios administrativos con que nos guiamos se aferran a contradecir los hechos porque "así funcionamos bien".

Más para acá que para allá, se nos advirtió que el fin de la historia estaba cerca y ocurrió y como no leímos o ni siquiera ojeamos a Fukuyama y malinterpretamos a Huntington en su observaciones sobre el choque de civilizaciones pues nos reímos, como nos espantamos en cambio (a querer o no) con el advenimiento de las fechas límite 2000, 21 de diciembre de 2012, y remitiéndonos a las profecías más abigarradas nos investimos de apologistas del final de los tiempos. Pero insisto, el tiempo es algo relativo y lo que no acabó para ti hoy, acabará en algún mañana.

El ser humano todavía transita su párvula edad, pero se cree como señalaba Dalí en broma surrealista: el non plus ultra. Como el artista, aun cuando pelea por la igualdad y la libertad propende a proclamarse monárquico en sus aspiraciones capitalistas e imperialista en sus pretensiones de solidaridad socialdemócrata, entre doloridos golpes de pecho exultados por una pederastia santificada por los medios.

En otra ocasión, otro amigo, de mucho más tiempo en mi vida, afirmó palabras más o menos aquí: estar ocupado no es lo mismo que ser productivo. ¿Será? Miro hacia arriba el tiempo, espacio y palabras y signos que he ocupado para escribir ¿o producir? estas líneas y, lejos de toda tentación keynesiana, tayloriana o fayoliana o mayoyiana (Elton Mayo) estoy claro que no supondrán en conjunto la equivalencia esperada de time = money para un sistema social como el nuestro, sin embargo, la productividad asociada está aquí, presente, como lo está en las ruinas piramidales en Giza o en las ruinas humanas de cientos de miserables pernoctando bajo los puentes de las grandes ciudades. Mis dedos son máquinas que avanzan a una velocidad de ¿cuántos caractéres por minuto? Mis ojos son máquinas que leen ¿cuántas palabras, cuántas imágenes por minuto? Mi mente, tan inasible, de manera misteriosa produce ¿cuántas ideas por minuto? Esas ideas, ¿valen dinero por lo que son o son por lo que pueden valer en dinero o simplemente son aun cuando no valgan ni un centavo a los ojos de quien hasta aquí ha llegado, pacientemente, para extraer alguna utilidad y beneficio de ellas?

Ensayar con las palabras es esto. Hablar aparentemente de todo y nada. Tomar un tema y desde él derivar las reflexiones capaces de construir un discurso que llegue (o no) a una conclusión específica. ¿La pregunta que sigue para terminar por ahora es? ¿Importa lo que yo colija? Si expongo mi corolario, no faltará quien me tache (ya ha sucedido más de una vez entre propios y extraños) de petulante engreído rollero que por mi manera de decir las cosas pretendo imponer mi razón. Si dejo el espacio abierto para que tú, amable lector, concluyas... ¿qué dirías sobre lo escrito? ¿Cuántas palabras, signos, tiempo emplearías en las empresas de pensar, organizar ideas, expresarlas en un medio como este? ¿Tu brevedad o largura serían efecto de tu capacidad o de tu incapacidad de síntesis o de análisis? 

Tiempo, medida, relatividad, evolución, ego, administración, ocio y negocio, sociedad, ser humano, productividad, fueron algunos conceptos literal o marginalmente tratados aquí a partir del dicho de una par de amistad o contactos tan comunes como tú o yo, tan poco o muy enterados en los autores mentados como tú o yo. ¿Sabios... como tú o yo? La palabra, sin embargo, se mueve.

miércoles, 5 de junio de 2013

DEJANDO HUELLAS

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Los seres humanos en general somos muy ingratos. Hemos sido ingratos con la naturaleza y ahora, apenas ahora, nos preocupamos hasta exageradamente por el cambio climático. ¡Qué bien!, pero qué mal. Que bien celebrar un día o semana del Medio Ambiente, pero que mal pues ahora estamos otra vez dando por sentadas cosas. Antes dábamos por sentado que había un planeta y que nuestro papel de administradores consistía en explotarlo para asegurar nuestra sobrevivencia y preeminencia como especie. Ahora, queremos remediar los errores de generaciones a punta de plumazos interesados sobre contratos, chequeras y vouchers, y damos por hecho que el planeta es nuestro medio ambiente. De nuevo nos equivocamos.

El medio ambiente primordial del hombre, en tanto bestia, sí lo conforman el suelo que pisa, el aire que respira, etcétera, pero el medio ambiente primordial  del hombre, de ese hombre que se ufana de su racionalidad aparentemente superior a la de otras especies no lo constituyen la cueva ni la montaña ni el mar sino la cultura, el mundo que ese hombre, incluyendo a la naturaleza que lo sostiene y rodea, va creando cotidianamente a punta de ingenio como de avaricia.

La naturaleza se ve transformada por la cultura aun cuando esta se vea influenciada por aquella. Cuidar el medio ambiente pasa por reconocer que nuestra cultura ha sido más que constructiva destructora, por muy admirables que sean muchos de sus logros. Cambiar las condiciones del medio ambiente para favorecer el equilibrio planetario pasa indefectiblemente por el cambio cultural. Mientras el hombre no cambie de fondo en su proceder para consigo mismo en el mantenimiento de su medio ambiente cultural, poco podrá hacer en favor del medio ambiente natural.

Pero, ojo, esos cambios por ser introducidos culturalmente también deben ser racionalmente pensados en función de nuestra naturaleza como especie, pues hacer modificaciones culturales no es cosa de capricho de unos cuantos con o sin poder e intereses para efectuarlas. Esos cambios van mucho más allá de pensar en la modificación de hábitos alimenticios o de vestido, transporte o de producción fabril e industrial, implican el aumento y mejoramiento de la conciencia de lo que somos y por qué somos lo que somos, y para qué somos y hemos sido lo que somos.

Meditar al respecto apunta más que a sólo lamentar y escandalizarse por la matanza de focas, el deshielo, las inundaciones, la hambruna, implica actuar en consecuencia, cada cual desde sus limitaciones y habilidades y funciones: el periodista informando, el ingeniero desarrollando, el economista planificando, el educador capacitando, los padres formando, el artista imaginando, todos educando y recreando. El compromiso de cada quien ha de converger en el interés común. Estas líneas, por ejemplo, si bien están escritas por un solitario y no son un tabique sólido, no son menos por estar hechas con, para la mayoría, desdeñables signos que quizá se lleven el viento o la desmemoria. Al contrario, por su volatilidad, tal vez sean más semejantes al diente de león y viajen flotando, de ojo en ojo, más lejos que el esfuerzo loable de unas manos edificadoras.

Aunque he sido criticado por muchas razones, yo quiero cambiar el mundo. No busco imponer mi forma de pensar, sentir, hacer. Sé que sólo no lo voy a conseguir. Sé que no viviré para ver buena parte de los cambios, pero hago lo que está humildemente en mi mano para hacer del grano de arena que puedo aportar la piedra de toque sobre la cual levantar el mañana. ¿Tú, qué piensas, qué estás haciendo?

jueves, 2 de mayo de 2013

DE POR QUÉ RÍO MIENTRAS MUERO O VICEVERSA

Reacciones: 

En el umbral de la eternidad,
Vincent Van Gogh, 1890
Sé que hay quienes, amigos, ex alumnos y hasta familiares, me han tachado de severo, ora por mi manera de expresarme que algunos etiquetan de "choros mareadores", ora por mis silencios que pueden ser prolongados e incómodos, espacios mentales para la observación y la meditación; ora por mi necedad y tozudez, por mi manera de pensar; ora por mi afán de discutir lo que consideran indiscutible, por examinar y analizar lo que se antoja evidente aun cuando eso no dé carácter de prueba a las cosas; ora por mis definidos gustos, en especial respecto de las mujeres; ora por mi manera de disfrutar esto o aquello, ora por mi apego a ciertas normas, ora por mi afán de romper esas mismas reglas, ora por intentar sumarme al gremio, ora por aislarme de los otros para perfilar mi particular y propio mundo.

Y no faltan los que, incapaces de comprender el prurito en mi alma o un simple vocablo o la construcción de tal o cual argumento, se lleve una frase o varias, me encasillan así o asá. Y esos mismos que presumen de una liberalidad y de una modernidad a prueba de atavismos, justicieros contra ese o aquél, con respecto de mi persona se muestran rigurosos y pretenden cortarme con el cartabón de lo socialmente aceptado, del "sentido común" y ante mi resistencia acaban por envolverme en el halo del hereje, del apóstata, del proscrito, del rebelde, del equivocado, del loco de la colina. Incluso no faltarán quienes lean en estas líneas lo que describirán como el "discurso dramático del aspirante a mártir", "la queja de la víctima perenne de las circunstancias". Río... ¡Río!

Me veré socrático. Sólo sé que no sé nada; que no soy nadie, y por lógica soy alguien. Un alguien con un corazón enchido de amor, necesitado de amor. Un amor que entrego a cuentagotas en cada signo que pienso, escribo, vivo, a veces a mansalva. Y me veré cartesiano, porque ese alguien amante tanto como amable en cada expresión desata su pensar que es tanto como gritar su existir. Y me veré sartriano. Pues tal existencia, al fin y al cabo, sólo tiene un derrotero: la nada, la muerte. Esa nada donde todo justifica la transición que está implícita en la muerte.

Cada vez que escribo, yo vivo y viviendo existo y si existo, al menos para el espacio donde queda plasmada mi expresión, es porque voy muriendo poco a poco, letra tras letra. Y así como hay un punto final, en él está el potencial de un nuevo comienzo.

Aquella persona que verdaderamente se atreve a desvelar el misterio tras de mis líneas, mis verdes líneas,  en este o en mis otros blogs, jamás topa con pared ni con un abismo infranqueables.

¡Tú!, afirmas que sabes leer, pero, si, tolerante de mí, has llegado hasta este párrafo ¿sabes leer lo que hay más allá de mis largos, ruidosos silencios como este que ahora termino, creo, con un signo de interrogación?

Muero. Renaceré en la siguiente página en blanco.

viernes, 26 de abril de 2013

¿CUÁNTAS VECES DEBO MORIR?

Reacciones: 

Sé que hay quienes, amigos, ex alumnos y hasta familiares, me han tachado de severo ("Definición de Severo"), ora por mi manera de expresarme que algunos etiquetan de "choros mareadores", ora por mis silencios que pueden ser prolongados e incómodos, espacios mentales para la observación y la meditación; ora por mi necedad y tozudez, por mi manera de pensar; ora por mi afán de discutir lo que consideran indiscutible, por examinar y analizar lo que se antoja evidente aun cuando eso no dé carácter de prueba a las cosas; ora por mis definidos gustos, en especial respecto de las mujeres; ora por mi manera de disfrutar esto o aquello, ora por mi apego a ciertas normas, ora por mi afán de romper esas mismas reglas, ora por intentar sumarme al gremio, ora por aislarme de los otros para perfilar mi particular y propio mundo.

Y no faltan los que, incapaces de comprender el prurito en mi alma o un simple vocablo o la construcción de tal o cual argumento, se lleve una frase o varias, me encasillan así o asá. Y esos mismos que presumen de una liberalidad y de una modernidad a prueba de atavismos, justicieros contra ese o aquél, con respecto de mi persona se muestran rigurosos y pretenden cortarme con el cartabón de lo socialmente aceptado, del "sentido común" y ante mi resistencia acaban por envolverme en el halo del hereje, del apóstata, del proscrito, del rebelde, del equivocado, del loco de la colina. Incluso no faltarán quienes lean en estas líneas lo que describirán como el "discurso dramático del aspirante a mártir", "la queja de la víctima perenne de las circunstancias". Río... ¡Río!

Me veré socrático. Sólo sé que no sé nada; que no soy nadie, y por lógica soy alguien. Un alguien con un corazón enchido de amor, necesitado de amor. Un amor que entrego a cuentagotas en cada signo que pienso, escribo, vivo, a veces a mansalva. Y me veré cartesiano, porque ese alguien amante tanto como amable en cada expresión desata su pensar que es tanto como gritar su existir. Y me veré sartriano. Pues tal existencia, al fin y al cabo, sólo tiene un derrotero: la nada, la muerte. Esa nada donde todo justifica la transición que está implícita en la muerte.

Cada vez que escribo, yo vivo y viviendo existo y si existo, al menos para el espacio donde queda plasmada mi expresión, es porque voy muriendo poco a poco, letra tras letra. Y así como hay un punto final, en él está el potencial de un nuevo comienzo.

Aquella persona que verdaderamente se atreve a desvelar el misterio tras de mis líneas, mis verdes líneas, jamás topa con pared ni con un abismo infranqueables.

¡Tú!, afirmas que sabes leer, pero, si, tolerante de mí, has llegado hasta este párrafo ¿sabes leer lo que hay más allá de mis largos, ruidosos silencios como este que ahora termino, creo, con un signo de interrogación?

Muero. Renaceré en la siguiente página en blanco.